El Aceite de Coco y la Diabetes

El Aceite de Coco y la Diabetes

El Aceite de Coco y la Diabetes

En los Estados Unidos, casi 26 millones de personas entre niños y adultos, más de un 8% de la población total, sufre diabetes(1). En este mismo país, la tasa de crecimiento de personas diabéticas se dobla cada 10 años. Esto ha creado un negocio multimillonario para las compañías farmacéuticas que diseñan drogas para tratar la diabetes tipo II pero no atacan las causas subyacentes que producen la enfermedad. El problema es que estas drogas tienen serios efectos negativos.

Uno de los fármacos más populares allí para tratar la diabetes era Avandia. Esta droga se retiró definitivamente del mercado a finales de 2011 después que una serie de estudios demostraran que elevaba el riesgo de sufrir un ataque al corazón entre los pacientes de diabetes tipo II. El fabricante del medicamento llegó a un acuerdo extrajudicial para evitar pasar por los tribunales cifrado en unos tres mil millones de dólares por la comercialización fraudulenta de este medicamento, la mayor cantidad pagada hasta el momento por una industria farmacéutica por evitar pasar por los tribunales.

Ahora, por fin la información empieza a fluir en los medios de comunicación y la población empieza a entender que la diabetes tipo II es un problema nutricional asociado al estilo de vida y la dieta y por lo tanto puede revertirse sin utilizar fármacos. Esto es algo que muchos grupos de medicina alternativa llevan defendiendo durante más de 10 años, pero las presiones y los intereses de la industria farmacéutica han conseguido silenciar los datos… hasta ahora.

Lo cierto es que la restricción de azúcares refinados, de carbohidratos refinados y de alcoholes en la dieta al tiempo que se incrementan las grasas saturadas y las proteínas puede eliminar la diabetes tipo II. Incluso los grandes medios de comunicación están empezando tímidamente a difundir la noticia, como Val Willingham hizo recientemente en la CNN en su artículo “Reversing diabetes is Possible” (2) (Es posible revertir la diabetes).

En efecto, reemplazar en la dieta las cadenas largas de grasa poli insaturada como las procedentes de los aceites de maíz o soja por las cadenas medias de grasa saturada presente en el Aceite de Coco puede reducir el apetito por los carbohidratos refinados que contribuyen a la resistencia a la insulina. La capacidad del Aceite de Coco para controlar la ansiedad por la comida y el apetito son aspectos bien documentados de este alimento. Los triglicéridos de cadena media presentes en el Aceite de Coco también promueven la termogénesis y aceleran el ritmo metabólico.

Los estudios de las poblaciones que consumen una gran parte de sus calorías en forma de grasa saturada procedente del Aceite de Coco muestran que la diabetes es una enfermedad extremadamente rara entre sus habitantes(3). Estudios llevados a cabo en la India y en poblaciones del Pacífico Sur desde 1998 muestran que los casos de diabetes y otras enfermedades occidentales crecen alarmantemente cuando los individuos abandonan las grasas tradicionales como las del Aceite de Coco y empiezan a consumir grasas poli insaturadas presentes en los alimentos modernos altamente procesados.

Un estudio llevado a cabo en 2009 en el Instituto Garvan de Investigación Médica en Australia demostró que una dieta rica en Aceite de Coco protege contra la resistencia a la insulina en músculo y grasa(4). Según se desprende del estudio “Una dieta rica en Aceite de Coco, que contiene muchos ácidos grasos de cadena media, también evita la acumulación de grasa corporal causada por otros tipos de dieta ricas en ácidos grasos de cadena larga de similar carga energética”. Estos descubrimientos son de capital importancia porque la resistencia a la insulina y la obesidad son los mayores factores que desembocan en el desarrollo de la diabetes tipo II.

Otro estudio llevado a cabo en 2010 para “estudiar el efecto de los aceites vegetales ricos en ácidos grasos saturados en el perfil lípido, antioxidantes endógenos y tolerancia a la glucosa en ratas que sufren diabetes tipo II concluyó: “El tipo de ácido graso presente en la dieta determina el efecto negativo o beneficioso de su ingesta. El ácido Laúrico presente en el Aceite de Coco puede proteger contra la dislipidemia inducida por la diabetes”(5).

Mientras que la diabetes tipo II está relacionada con el estilo de vida y la dieta, la diabetes tipo I es una enfermedad autoinmune que restringe hasta eliminar la producción de insulina en el organismo. Sin embargo, también encontramos datos acerca de los beneficios del Aceite de Coco en el tratamiento de la diabetes tipo I.

Un estudio llevado a cabo en 2009 sugiere que los ácidos grasos de cadena media presentes en el Aceite de Coco pueden mejorar la función cerebral en los pacientes de diabetes tipo I. El estudio concluye: “Los triglicéridos de cadena media ofrecen la ventaja de preservar la función cerebral bajo condiciones hipoglicémicas sin causar una hiperglicemia ni sus negativas consecuencias”(6). Otros estudios recientes  muestran que algunas enfermedades neurológicas como el Alzheimer deberían clasificarse como diabetes tipo III(7). El Aceite de Coco funciona de manera especialmente buena en el tratamiento de esta diabetes tipo III como hemos visto en anteriores artículos.

Conforme los testimonios de pacientes que usan Aceite de Coco se van haciendo públicos y su efectividad sale a la luz, las compañías farmacéuticas lanzan nuevos fármacos para tratar de minimizar los efectos y el ruido producido por el Aceite de Coco que, lógicamente, no pueden patentar. Sin embargo, un estudio realizado en 2011 acerca del ácido cáprico, uno de los triglicéridos de cadena media presentes en el Aceite de Coco, apunta a qué “este ácido graso natural puede servir como un regulador de los niveles de glucosa en sangre, lo que puede significar una aplicación importante en el desarrollo de nuevas y más seguras drogas para el tratamiento de la diabetes”(8). De modo que no parece que falte mucho tiempo para que veamos en el mercado una nueva generación de fármacos para tratar la diabetes basados precisamente en los mismos principios que han hecho que el consumo de Aceite de Coco natural haya sido un magnífico aliado en la lucha contra esta enfermedad.

Bibliografía

1. Asociación Americana de la Diabetes, http://www.diabetes.org/diabetes-basics/diabetes-statistics/

2. “Reversing Diabetes is Possible,” (Revertir la diabetes es posible) por Val Willingham, CNN – 28 de Enero de 2011

3. Sircar S, Kansra U. “Choice of cooking oils–myths and realities.” Journal Indian Medical Association. 1998 Oct;96(10):304-7.

4. Kochikuzhyil BM, Devi K, Fattepur SR. “Effect of saturated fatty acid-rich dietary vegetable oils on lipid profile, antioxidant enzymes and glucose tolerance in diabetic rats.” Indian J Pharmacol. 2010 Jun;42(3):142-5.

5. Enhancement of muscle mitochondrial oxidative capacity and alterations in insulin action are lipid species dependent: potent tissue-specific effects of medium-chain fatty acids. Diabetes. 2009 Nov;58(11):2547-54. Artículo Completo Aquí.

6. Page KA “Medium-chain fatty acids improve cognitive function in intensively treated type 1 diabetic patients and support in vitro synaptic transmission during acute hypoglycemia.”  Diabetes. 2009 May;58(5):1237-44.

7. “Insulin: Predictor for Alzheimer’s?,” (Insulina: ¿Predictor para el Alzheimer)? Por Fernanda Barros, Corresponsal de Ivanhoe Health, 13 de Abril de 2011

8. “Van Andel Institute study may lead to better, safer drug for diabetes” (Estudio del Instituto Van Andel puede significar mejores y más seguras drogas para el tratamiento de la diabetes) 21 de Noviembre de 2011

 

El Aceite de Coco, el Elixir de la Vida

El Aceite de Coco, el Elixir de la Vida

Portada del libro El Aceite de Coco, el Elixir de la Vida

Se acaba de publicar el libro electrónico El Aceite de Coco, el Elixir de la Vida, un completo manual en el que se repasan los principales usos y beneficios del Aceite de Coco Virgen. El libro electrónico está disponible para descargarse en PC, Tablet, Smartphone, o libro electrónico en las siguientes webs de Amazon, pero se puede acceder a cualquiera desde cualquier país:

Si prefiere una copia impresa del libro, puede conseguirla aquí.

El libro, escrito por Carlos Abehsera, autor del éxito de ventas Adelgazar sin Milagros, además de recopilar toda la información acerca del Aceite de Coco Virgen, nos cuenta su experiencia personal de varios años usando este producto. En sus páginas, el autor nos explica como decidió añadir Aceite de Coco a su dieta y a la de su familia y cómo ha utilizado el Aceite de Coco para luchar contra la obesidad, la dermatitis y otros problemas de salud.

En su clásico estilo personal, nos relata como usó el Aceite de Coco para eliminar los problemas en la piel de uno de sus hijos y como compaginó en su alimentación el Aceite de Coco Virgen con el Aceite de Oliva.

Si quiere tener siempre disponible esta información en formato electrónico para llevar en su PC, su Tablet, su teléfono o su libro electrónico, no dude en descargarse el libro hoy mismo.

Más sobre el Aceite de Coco y el Alzheimer

Aceite de Coco y Alzheimer

Aceite de Coco y Alzheimer

Son muchas las preguntas que nos llegan relacionadas con el Aceite de Coco y el Alzheimer. Muchas personas se aventuran a suministrar Aceite de Coco a los enfermos de esta horrible enfermedad sin comprender exactamente qué es lo que están haciendo y porqué. Es importante comprender que el Aceite de Coco es un alimento magnífico pero que no tiene efectos milagrosos. Si el Aceite de Coco funciona bien como suplemento para los enfermos de Alzhemimer no es algo milagroso, sino científico, y como cualquier solución científica hay que comprenderla para aplicarla bien.

Ya hemos comentado en otras entradas que el Aceite de Coco es una grasa saturada que tiene la virtud de metabolizarse en energía en el hígado. La conversión de grasa en energía produce unos elementos llamados cuerpos cetónicos. Estos cuerpos cetónicos pueden ser usados por algunos órganos del cuerpo humano como el corazón o el cerebro para conseguir energía y aquellos que no se utilizan son desechados por la orina. Habitualmente, para crear cuerpos cetónicos hay que entrar en un estado llamado cetosis, que se produce cuando se priva al organismo de azúcar y de los alimentos que producen azúcar al ser digeridos, principalmente los hidratos de carbono. Al no tener glucosa disponible, el organismo entra en cetosis y comienza a utilizar la grasa como combustible, produciendo los cuerpos cetónicos.

Pues bien, el cerebro de los enfermos de Alzheimer tiene dificultad para utilizar la glucosa como combustible. Por ello, si reducimos al máximo el aporte de alimentos que producen glucosa y potenciamos los alimentos que nos van a hacer producir cuerpos cetónicos, le damos al cerebro un combustible alternativo que sí puede utilizar con normalidad y es por ello que se cree que los enfermos mejoran o al menos dejan de empeorar. Sus cerebros vuelven a estar provistos de la energía necesaria que necesitan para funcionar.

Por ello, tomar Aceite de Coco no es suficiente para que este mecanismo funcione. Además de potenciar la dieta con Aceite de Coco es necesario reducir al máximo la ingesta de alimentos y bebidas que contengan hidratos de carbono. Son estos alimentos los que se metabolizan en glucosa de manera más sencilla y rápida y son los que tenemos que evitar. En general, todas las harinas, pastas, féculas, azúcares, alcoholes y demás alimentos que tengan un contenido más que testimonial de hidratos de carbono.

Al ingerir hidratos de carbono, estos se descomponen en el estómago de manera inmediata en dos glúcidos: fructosa y glucosa, elevando por tanto nuestro nivel de glucosa en sangre y proporcionando energía inmediata a cualquier parte del cuerpo. Nuestro objetivo, por lo tanto, debe ser restringir este aporte energético y forzar a que el organismo utilice las grasas como combustible para aportar la energía necesaria a los distintos órganos. Si, en ese momento, ingerimos habitualmente Aceite de Coco, será más sencillo para el organismo hacer este cambio de combustible mediante el proceso denominado cetosis que hemos comentado antes.

La única excepción a esta regla son los enfermos de diabetes. Si bien las personas normales no tienen problema en deshacerse del exceso de cuerpos cetónicos que se producen en la cetosis y de equilibrar el pH de la sangre, los enfermos de diabetes no pueden realizar estas dos tareas con tanta facilidad y entran fácilmente en un estado llamado cetoacidósis ácida que es peligroso para la salud. Por ello, si el enfermo de Alzheimer al que quieren ayudar con esta terapia suministrándole Aceite de Coco es, además, enfermo de diabetes, deben evitar provocarle la cetosis y deben consultar con su médico antes de comenzar a aplicar este tipo de dieta.

La Dieta del Aceite de Coco

Dieta del Aceite de Coco

Dieta del Aceite de Coco

Últimamente estamos recibiendo muchas consultas acerca de la dieta del Aceite de Coco. Muchas vienen desde España y muchas otras vienen desde todo latinoamérica. En este artículo vamos a compartir como elaborar una dieta saludable basada en el Aceite de Coco.

Casi todos los estudios que se ha realizado sobre dietas basadas en el Aceite de Coco han utilizado el aceite de coco como sustituto de otra grasa y no como añadido a la dieta básica. Esto quiere decir que la idea que sugieren en algunas webs de añadir varias cucharadas de aceite de coco a la dieta habitual para perder peso no tiene base científica alguna.

Al contrario, lo que todos los estudios llevados a cabo evidencia es que la sustitución de una grasa en la dieta por Aceite de Coco puede ayudar en la pérdida de peso acelerando el metabolismo y produciendo energía de una manera más eficiente que otros nutrientes.  Otra cosa es que podamos obtener beneficios para la salud con la simple inclusión de varias cucharadas de Aceite de Coco virgen en nuestra dieta cotidiana, que tiene bastante lógica y fundamento científico.

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Ahora bien, puestos a sustituir una grasa de la dieta con el Aceite de Coco, ¿qué grasa deberíamos sustituir? Como es lógico, en la elaboración de cualquier dieta, debemos tratar  de sustituir las grasas más dañinas para nuestro organismo por grasas más saludables. A este respecto, debemos insistir en el mito de las grasas saturadas y el colesterol. Contrariamente a lo que mucha gente piensa, las grasas saturadas no sólo son perfectamente saludables, sino que también son necesarias.

El ser humano, como la mayoría de los animales, usa y necesita un mayor aporte de grasas saturadas que insaturadas. Por ejemplo, todas nuestras hormonas sexuales, testosterona, estrógeno y gestágeno, están formadas por grasas saturadas y colesterol. Cada vez que se les han quitado las grasas saturadas a los deportistas, automáticamente se ha notado una reducción de la testosterona y una pérdida generalizada de fuerza.

Entonces, ¿Qué grasas debemos sustituir o incluso eliminar de la dieta? Por descontado, debemos tratar de eliminar todas las grasas hidrogenadas (o grasas trans). Estas se encuentran presentes especialmente en la bollería industrial desde que, por motivos meramente económicos, se sustituyó el Aceite de Coco por grasas hidrogenadas en su producción. Luego tenemos el caso de las grasas poliinsaturadas, que durante años nos han vendido como muy saludables y tristemente vamos descubriendo que no lo son tanto, y en algunos casos todo lo contrario.

En cuanto a la grasa monoinsaturada, siendo el mejor y más conocido ejemplo el Aceite de Oliva, esta no es sólo perfectamente saludable para el organismo, sino que además es altamente beneficiosa, siempre y cuando no se oxide. En efecto, tomar aceite de oliva virgen crudo es altamente saludable y nutritivo, todo lo contrario que tomarlo caliente o frito. Las grasas monoinsaturadas, al igual que las poliinsaturadas, son muy reactivas con la temperatura y no sólo pierden propiedades, sino que se enrancian y estropean, produciendo en nuestro organismo toda serie de problemas.

Por el contrario, el Aceite de Coco es una grasa saturada que no sufre oxidación ni enranciamiento con la temperatura, y por ello debería ser la única grasa que usásemos para cocinar. Gracias a ello, tenemos la suerte de que la mejor forma de añadir Aceite de Coco a nuestra dieta es utilizándolo para cocinar. De este modo, no tendremos que modificar nuestras recetas ni nuestras costumbres. Basta con sustituir cualquier grasa que estuviésemos usando para cocinar por Aceite de Coco virgen.

Dependiendo del tipo de comida que estemos preparando, querremos usar una variedad de Aceite de Coco u otra. En el caso concreto de la marca Coconoil, que ofrece tres variedades, nosotros consideramos que Coconoil Africa es el más adecuado para aquellos platos en los que no queramos modificar el sabor original de la receta y, más en concreto, en fritos, rebozados y cualquier aplicación que use aceite muy caliente. Coconoil África no aporta prácticamente sabor ni olor a nuestros platos.

Hay personas que utilizan el Aceite de Coco para endulzar sus recetas en sustitución del azúcar. Esta aplicación es especialmente interesante para los diabéticos dado que no solo eliminan el azucar de la dieta sino que ayudan a su organismo a entrar en cetosis cambiando carbohidratos por grasas, algo que se ha demostrado especialmente interesante en los diabéticos. Para esta aplicación, la variedad más adecuada es Coconoil Organic, pues se trata de un Aceite de Coco Virgen certificado ecológico por la Unión Europea y los Estados Unidos. Coconoil Organic tiene mucho aroma y un dulzor natural que unido a su extraordinario sabor a coco lo hacen indispensable en la repostería y recetas dulces en general.

Por último tenemos la variedad Coconoil Original, que está a medio camino entre Coconoil Africa y Coconoil Organic en cuanto a sabor, dulzor y aroma. Es adecuado para platos en los que se quiera dar un toque tropical sin llegar a modificar tremendamente su sabor ni aroma.

La dieta específica para para perder peso que se anuncia en estos días en muchas webs y revistas no tiene demasiado sentido para nosotros. Se trata, básicamente, de una dieta hipocalórica que incluye Aceite de Coco. Como cualquier otra dieta hipocalórica, dará resultados desiguales en función de las necesidades energéticas de cada persona y, en todos los casos, volveremos a coger cualquier peso (o incluso más) que perdamos utilizando este tipo de dietas.

Tenemos que insistir en que es erróneo creer en el concepto de dieta universal que vale para todo el mundo. Cada persona tiene un metabolismo basal concreto y unas necesidades energéticas que van estrechamente ligadas a su actividad física, así que para cada persona necesitamos elaborar una dieta específica.

Lo que si podemos garantizar en todos los casos es que la sustitución  de los carbohidratos refinados (harinas, cereales, pastas, arroces, patatas, etc.) por grasas saludables como el Aceite de Coco Virgen tiene un efecto directo en el peso dado que con este simple método reducimos la cantidad de azúcar en sangre, la secreción de insulina, la conversión de azúcares en lípidos y, por encima de todo ello, aceleramos el metabolismo usando una grasa que nuestro cuerpo metaboliza en energía de manera sencilla y directa. Este es el principio fundamental que debe regir en la elaboración de una dieta para perder peso basada en el Aceite de Coco Virgen, la sustitución de las grasas nocivas y de los carbohidratos refinados por el Aceite de Coco Virgen.

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El engaño del siglo XX

La civilización occidental sufre una epidemia sin precedentes de enfermedades cardiovasculares y de diabetes tipo 2 que hace unos cien años eran dolencias prácticamente desconocidas en nuestra sociedad por ser poco habituales. Desafortunadamente, como en muchos otros aspectos de nuestra vida, estas epidemias son producto de la inagotable capacidad de la mayoría de los políticos para estropear todo lo que tocan. En efecto, la recomendación inicial de reducir el consumo de grasas -ese principio que muchos médicos abrazan como la solución a la mayoría de los problemas de salud- no proviene de un estudio científico ni está basada en ciencia reconocida alguna. Al contrario, como descubriremos en este artículo, es la recomendación de un comité político formado por varios senadores norteamericanos y que, más tarde, con la misma poca base científica, dio lugar a la pirámide nutricional que tristemente todos conocemos.

A principios del siglo XX, los médicos no estaban familiarizados con las enfermedades cardiovasculares. En las universidades, poco o nada se enseñaba sobre ellas. Esto no debe extrañar a nadie dado que en aquella época, las muertes por enfermedades cardiovasculares eran meramente anecdóticas. No es hasta 1920 que empieza a verse un aumento de estas enfermedades;  a partir de 1950 se consideran de manera oficial en los Estados Unidos como una epidemia. Lo cierto es que las cifras de muertes por enfermedades cardiovasculares están ligeramente alteradas por dos factores. En primer lugar, hasta la década de 1920 no se inventó el electrocardiograma, por lo que es posible que algunas muertes antes de esa fecha también se debieran a problemas cardiovasculares previos y, en segundo lugar, con la llegada de la penicilina, muchos casos que hubiesen supuesto muerte por infección fueron resueltos resultando en una expectativa mayor de vida y, por lo tanto, resultando a largo plazo en un incremento de las muertes por problemas cardiovasculares. Aun así, ninguno de estos dos factores altera las cifras de manera tan considerable como para no admitir que los casos de enfermedades cardiovasculares vienen creciendo incesantemente desde la segunda mitad del siglo pasado en todo el mundo occidental. Esto es fácilmente comprobable al comparar muertes por enfermedades cardiovasculares en pacientes entre 40 y 50 años y comprobar que, desde 1950 en adelante, los casos no han hecho más que multiplicarse.

Gráfico Estudio Observacional Ancel Keys

FIg. 1 Gráfico Estudio Ancel Keys

En 1.969, el querido y admirado expresidente norteamericano Dwight D. Eisenhower murió de un infarto masivo y, en ese momento, la casta política norteamericana cambió su percepción de las enfermedades cardiovasculares y las consideró epidemia de primer nivel. Unos años antes, en 1953, un bioquímico norteamericano llamado Ancel Keys publicó un estudio observacional basado en datos de seis países, en el que asociaba el consumo de grasas con los ataques al corazón. Estos seis países eran Japón, Italia, Reino Unido, Canada, Australia y Estados Unidos, y el gráfico que asociaba el mayor consumo de grasas con el incremento de casos de ataques al corazón es el de la izquierda.

Gráfico usando los 22 países + 6

El gráfico sobre estas líneas es del mismo estudio, pero incluyendo los 22 paises de los que Ancel Keys tenía datos y, en rojo, para sorpresa mayúscula de muchos lectores supongo, las cinco sociedades que más porcentaje de grasa consumen en su dieta con incidencias mínimas o inexistentes de enfermedades cardiovasculares.

De hecho, si escogemos manualmente seis países del grupo de 22, del mismo modo que hizo Ancel Keys, podríamos obtener los resultados contrarios de este modo:

Seis paises seleccionados
6 paises seleccionados a dedo – A más grasa, menos muertes por infarto

 

 

 

 

 

 

 

 

O de este otro modo:

Otros seis paises distintos

Otros seis paises distintos

En estos gráficos se observa claramente que, a mayor consumo de grasa, menores casos de muertes por enfermedades cardiovasculares. Sin embargo, esta es la misma clase de pseudociencia basada en estudios observacionales con datos sesgados que practicaba Ancel Keys, y no voy a usarla ni siquiera para defender lo contrario a lo que el propuso, pese a que como puede verse, está también al alcance de cualquiera que use Excel en su ordenador. El análisis de los datos no sólo fue aberrante porque eliminó los datos de los países que no le servían para validar su teoría, sino que incluso de los datos de los seis países con los que trabajó, eliminó otra serie de datos que hubiesen servido para postular otras teorías alternativas a la suya. Por ejemplo, el mismo gráfico de Keys con sus seis países es válido si tomamos en cuenta, en lugar del consumo de grasas, el consumo de azúcar. Del mismo modo que Keys hizo una asociación entre el consumo de grasa y las muertes por enfermedades cardiovasculares, pudo haberla hecho entre las muertes y el consumo de azúcar, porque disponía de los datos y eran igual de vistosos en un gráfico. Sin embargo, no servían para apoyar su teoría y por ello los despreció.Esta pseudociencia es la que encumbró a Ancel Keys como el padre de la hipótesis de los lípidos, que son los dos principios que desgraciadamente todavía son aceptados hoy y que escuchamos a los médicos repetirnos como loros con la ayuda de los anuncios de productos alimenticios que torticeramente prometen salvarnos y alargar nuestras vidas:

  1. Las grasas saturadas elevan el colesterol
  2. El colesterol elevado obstruye las arterias

Estas afirmaciones, como veremos a continuación, son tan falsas como el estudio del que provienen inicialmente.

Unas décadas antes de que Ancel Keys publicase su estudio, otro científico llamado Winston A. Price se dedicó a recorrer el mundo analizando las costumbres nutricionales y los efectos en la salud de estas costumbres de cantidad de sociedades alrededor del mundo, y la conclusión a la que llegó fue bien distinta a la de Keys también. Price descubrió que las sociedades que evaluaba no sufrían de incidencias de diabetes o enfermedades coronarias hasta que introducían en su dieta el azúcar y las harinas refinadas. Pero lo que más echa por tierra las absurdas conclusiones de Ancel Keys son los datos acerca del consumo de grasas en países como Estados Unidos. En efecto, desde 1940 hasta la actualidad, el consumo de grasa animal en los Estados Unidos no ha hecho más que bajar de manera espectacular, tocando su mínimo en 1996 mientras que las enfermedades coronarias no han hecho más que aumentar, tocando su máximo en la década de los 90 también. Sospechoso, ¿no?

Portada de Time Magazine

Portada de Time Magazine

Pero lo cierto es que nada de esto fue tenido en cuenta cuando Ancel Keys acabó en la portada de Time Magazine y en el consejo de la Asociación Americana del Corazón, que fue la pionera en recomendar erróneamente la reducción del consumo de grasas. Lo peor del tema es que a la par que la teoría de Keys era abrazada por todos, se llevaron a cabo una serie de estudios, esta vez clínicos y no observacionales, para comprobarla. Uno de esos estudios, de finales de los 50, es el estudio dietario Prudent, consistente en dos grupos aleatorios uniformes, uno de ellos con una dieta baja en grasas basada en aceites vegetales y otro grupo con una dieta normal, basada en grasas animales. El resultado es que el grupo que siguió la dieta baja en grasas redujo su colesterol en 30 puntos de promedio, sin embargo, no redujo sus incidencias cardiovasculares. En 1965, el estudio clínico Lancet en Gran Bretaña mantuvo a un grupo con una dieta baja en grasas animales que permitía como máximo 1 huevo, 85 gramos de carne y 50 ml de leche al día mientras que mantuvo un segundo grupo con su dieta habitual. En este caso, también redujo el colesterol del grupo en 30 puntos de promedio, pero tampoco hubo cambio alguno en la incidencia de enfermedades cardiovasculares.

En 1965, también en Gran Bretaña, se publicó un estudio más ambicioso. Tres grupos compuestos por hombres que ya habían sufrido un infarto con el objetivo de analizar la incidencia de la grasa en los casos de segundos infartos. El primer grupo usó como base nutricional lípida el aceite de maíz, una grasa polinsaturada. El segundo grupo usó el aceite de oliva, una grasa monoinsaturada y el tercer grupo utilizó grasa saturada animal. El resultado fue que al final del estudio, el 52% de las personas con dieta basada en grasas poliinsaturadas (aceite de maíz) seguía viva. El 57% del grupo que basaba su dieta en las grasas monoinsaturadas (aceite de oliva) seguía vivo. Sorprendentemente para algunos, el 75% del grupo de las grasas saturadas animales consiguió sobrevivir.

En 1969 se publicó el estudio Coronario de Minnesota en el que se demostró que el grupo que siguió una dieta baja en grasas con muy pocas grasas saturadas y rica en verduras sufrió más ataques al corazón que el grupo alimentado de manera tradicional.

Pero la madre de todos los estudios, con un presupuesto de 115 millones de dólares, una participación de 12.000 sujetos masculinos y realizado por el Instituto de Salud Nacional de los Estados Unidos, publicado en 1970, arrojó datos aún más sorprendentes. El estudio se basó en un grupo que mantuvo sus costumbres normales y otro grupo que adoptó una dieta baja en grasas, evitando las carnes rojas, restringiendo el consumo de colesterol y recibiendo ayuda para dejar de fumar. El primer resultado que se obtuvo, que sentó la base de otra campaña, fue que las personas que dejaron de fumar sufrieron menos ataques al corazón que aquellos que no lo dejaron, independientemente del grupo en que se encontrasen. Sin embargo, al comparar ambos grupos, fumadores con fumadores y no fumadores con no fumadores, el grupo sometido a la dieta baja en grasas, con la restricción de carnes rojas y colesterol, sufrió más ataques al corazón que el grupo que mantuvo su dieta normal.

Podríamos seguir mencionando estudio tras estudio todos aquellos que no encajaban en la teoría de Ancel Keys, pero creo que es suficientemente ilustrativo mencionar que existían pruebas irrefutables por todos lados de que la teoría no era correcta.

Sen. George McGovern

Sen. George McGovern

Entonces, ¿como es posible que una idea tan disparatada, no corroborada con un solo estudio clínico (recordemos que Ancel Keys se basó en estudios observacionales, no en estudios clínicos), haya llegado con tanta fuerza hasta nuestros días? La respuesta está en los políticos. En la década de 1970 se creó un comité del senado de los Estados Unidos, capitaneado por el senador George McGovern. Su misión era investigar la malnutrición. No resulta sorprendente que un comité de políticos decidiese aumentar sus propios poderes iniciales y, además de investigar, se dotase del poder de crear y promocionar los planes nutricionales de todo un país.

 

 

 

 

 

 

De este modo, el comité creó el Informe McGovern que promovía:

  1. Reducir el consumo de grasas
  2. Cambiar la ingesta de grasas saturadas a grasas vegetales
  3. Reducir el colesterol al equivalente a un huevo al día como máximo
  4. Comer más carbohidratos, especialmente los provenientes de granos

[warning]Como todos sabemos, este informe sirvió como base para crear la Pirámide Alimenticia de la USDA, que es la base de la nutrición moderna. Esto, que suena muy técnico y muy moderno, es una aberración en sí porque la pirámide tiene una amplísima base de granos y cereales y, para quien no lo sepa, USDA significa Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, y su misión, como cualquiera puede sospechar, es el fomento de la venta y consumo de los productos de la agricultura norteamericanos, tradicionalmente los granos y los cereales. ¿Le sorprende? Pues espere, aún hay más.[/warning]

También sería lógico pensar que si el informe McGovern incluía estas pautas nutricionales, este informe estaría respaldado por una serie de científicos que habrían testificado a favor en el comité . Sin embargo, el famoso John Yudkin testificó que el verdadero causante de la epidemia de diabetes y enfermedades cardiovasculares era el azúcar. Peter Cleave testificó que el cáncer, las enfermedades cardiovasculares y la diabetes eran enfermedades de la era moderna y era absurdo culpar a los alimentos milenarios de los males de la civilización actual. Cleave dijo que si había que mirar la nutrición como fuente del problema, habría que mirar los alimentos modernos como el azúcar y las harinas refinadas. La Asociación Médica Americana (AMA) dijo que la evidencia que proponía el informe no era concluyente y por lo tanto era probable que hubiese potencial para producir efectos negativos en la salud de las personas si se producía un cambio radical a largo plazo en el plan nutricional de la sociedad. Vamos, lo que ha venido a ocurrir. Por último, el director de la Academia Nacional de Científicos en Estados Unidos (NAS), Phillip Handler, testificó ante el comité: “¿Qué derecho tiene el gobierno federal para proponer que la sociedad norteamericana realice un vasto experimento nutricional con sus miembros como sujetos con la base de tan poca evidencia científica?”. Poco sabía el pobre Handler que, en realidad, el experimento se iba a contagiar cual plaga a casi todo el mundo civilizado de la mano de las compañías de alimentos Norteamericanas.

Pero McGovern era un fiel seguidor de la teoría de los lípidos, principalmente porque era lo que su propio médico le había recomendado y no porque la hubiese investigado el mismo, y, en un video que quedará para los anales de la historia, le contestó a Phillip Handler y al resto de científicos que pidieron más tiempo para investigar y obtener resultados consistentes antes de dar las nuevas pautas nutricionales a la sociedad norteamericana que “los senadores no tenemos el lujo del que disponen los investigadores que es esperar el tiempo suficiente hasta que lleguen las pruebas concluyentes que confirmen una teoría”. La típica estupidez de un político imponía su criterio por encima de las pruebas realizadas por los científicos. De modo que los efectos perniciosos de la grasa saturada se convirtieron en política nutricional porque los senadores no tenían tiempo para esperar que llegara la evidencia científica. Esto que parece una decisión banal tuvo unos efectos mucho peores de lo esperado, y no me refiero sólo a los efectos para la salud, sino a efectos científicos.

Logotipo de la AMA

Logotipo de la AMA

Al convertirse la Hipótesis de los Lípidos en política de estado,  tanto el gobierno Norteamericano como la Asociación Americana del Corazón soportaban abiertamente esta teoría, y resulta que entre ambos organismos disponían del 90% de los fondos dedicados a la investigación cardiovascular. No es difícil predecir la dirección que, desde ese momento, iban a tomar todos los estudios que pretendiesen obtener financiación: todos y cada uno de ellos se encaminó a demostrar que la hipótesis de los lípidos era certera.

El científico norteamericano George Mann escribió en el New England Journal of Medicine en 1977 que la hipótesis de los lípidos era el mayor timo científico del siglo y que, disentir de la hipótesis significaba perder los fondos para la investigación. El investigador Gary Taubes escribió mas tarde “Los nutricionistas sabían que si sus estudios fallaban en apoyar la postura gubernamental en la hipótesis de los lípidos, los fondos irían a parar a estudios que si la soportaran”. El Doctor Peter McColley, investigador de Harvard, escribió un artículo titulado “Algo distinto al colesterol tiene que estar causando esta epidemia cardiovascular”. En ese artículo, venía a decir que Harvard, que apoyaba la teoría del gobierno y el propio gobierno, que financiaba los estudios de Harvard, estaban equivocados. Para agradecerle su integridad científica en la búsqueda de la verdad, la universidad de Harvard le quitó sus becas para investigación y le forzó a dimitir de su puesto. Y pese a tener un historial científico inmejorable, le costó más de dos años encontrar otro trabajo de investigación porque, como más tarde descubrió, Harvard le había incluido en una lista negra de científicos no maleables. Esto es lo que le ocurre a los científicos que no bailan al son de los políticos.

Portada Revista Time

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Por aquel entonces, la hipótesis de los lípidos ya se daba como buena y la revista time le dedicaba la portada con un artículo titulado “Se prueba que el colesterol es mortífero y nuestra dieta ya nunca será igual”. La prensa pasó de hipótesis a realidad una teoría con una simple portada en una revista. Pero la evidencia científica en que se basaba la revista Time para afirmar que se había comprobado la relación causa-efecto entre el colesterol y las enfermedades cardiovasculares era que en 1984 se había lanzado una droga al mercado que rebajaba el colesterol a los pacientes con colesterol alto genético y se había reducido ligeramente la incidencia de muertes por ataques al corazón en estos pacientes. Al analizar el estudio científico que soportaba esta nueva prueba, podemos comprobar los siguientes datos: El estudio, basado en dos grupos, uno al que se le administraba Cholestyramine y otro al que se le administraba placebo, tuvo un alcance de 3.000 sujetos durante 10 años. En el grupo del medicamento, ocurrieron 30 muertes por ataques al corazón y un total de 68 muertes. En el grupo del placebo, 38 muertes por ataque al corazón y 71 muertes en total. Usando un poco de matemáticas básicas se puede comprobar que la diferencia global en muertes por ataques al corazón es del 0,49%, ¡menos del 1%! entre los que tomaban el medicamento y los que no lo tomaban. Una diferencia despreciable sin duda. Sin embargo, en el artículo de la revista Time se podía leer que el Dr. Basil Rafkind, basándose en este estudio, decía “la evidencia científica contenida en el estudio indica poderosamente que cuanto más bajes el colesterol y las grasas en tu dieta, más se reduce el riesgo de enfermedad cardiovascular”. Obviamente, este Dr. Rafkind no ha pasado a la historia como ejemplo de independencia científica. En realidad, el Dr. Rafkind acababa de inventar una modalidad científica llamada Teleoanálisis, de muy limitada utilidad en este caso, al asociar un estudio de un medicamento con nula capacidad curativa con una dieta.

Lo que la revista Time no decía en su artículo era que la primera generación de medicamentos para bajar el colesterol nunca vio la luz porque el estudio clínico de la primera droga sintetizada que bajaba el colesterol, el Clofibrate, tuvo que suspenderse a mitad de camino al haber producido la muerte al 47% del grupo que la estaba tomando.

De este modo, tras el artículo de Time, en la mitad de la década de los 80 estallaba el boom por los productos bajos en grasa, desnatados o productos light, que desafortunadamente persiste hasta nuestros días incluso en España.

Pero, si por cualquier motivo que escape a mi conocimiento, la hipótesis de los lípidos fuese correcta, resulta razonable pensar que este patrón lo encontraríamos en cualquier lugar del mundo. Pues no, ni por asomo. Para empezar, tenemos la paradoja francesa: comen el doble de grasas saturadas que los norteamericanos, cuatro veces más mantequilla, tres veces más cerdo y un 60% más de queso. Sin embargo, tienen aproximadamente un tercio de las muertes por accidentes cardiovasculares que los Norteamericanos. Los científicos a favor de la hipótesis de los lípidos se apresuraron a explicar la paradoja francesa asociando el consumo de vino tinto con los beneficios para la salud cardiovascular, dado que los franceses también toman más vino tinto que los norteamericanos. Ahora ya sabe, querido lector, de dónde viene el mito de que tomar vino tinto es bueno para la salud, si bien es cierto que en muy pequeñas dosis, que no son las dosis comparativas francesas/norteamericanas, si que es saludable.

También tenemos la paradoja suiza. El segundo país del mundo civilizado que más grasas saturadas toma y el segundo país con menos muerte por afecciones cardiovasculares. Además, por si fuera poco y para que todo quede en casa, existe la paradoja española. En los últimos 30 años ha crecido aquí mismo el consumo de grasas saturadas y se ha reducido la incidencia de accidentes cardiovasculares.

En cuanto al colesterol, la OMS ha realizado un macro estudio recientemente en multitud de poblaciones alrededor del mundo, tratando de confirmar una correlación entre el nivel de colesterol y los ataques al corazón, pero no han podido probarlo. De hecho, han encontrado que países como Luxemburgo tienen un colesterol medio muy alto y una bajísima tasa de ataques al corazón, mientras que países como Rusia o Venezuela, manteniendo niveles medios y bajos de colesterol, sufren cantidades desorbitadas de ataques al corazón, por hablar sólo del mundo occidental. En el mundo oriental, y en las zonas tropicales en que el Aceite de Coco (saturado en un +/-85%) predomina en las dietas, las tasas de mortalidad por ataques al corazón son, simplemente, inexistentes. En realidad, lo que si se ha demostrado es que el 72,1% de las personas que sufren un ataque al corazón tienen el colesterol por debajo de 130. En Estados Unidos estos datos son alarmantes porque el 67% de la población tiene el LDL por debajo de 130 y, sin embargo, sufre un 72% de los infartos totales, lo que claramente muestra que aquellos que tienen el colesterol bajo sufren más infartos que los que lo tienen alto. Sin embargo, a la vista de estos datos, cuando lo lógico hubiese sido recomendar elevar los niveles de colesterol, el periódico USA Today publicaba que lo lógico era bajar aún más los niveles de colesterol porque, “evidentemente”, 130 era una cifra aún demasiado alta. Junte a un periodista con un político y esto es lo que obtendrá: negación absoluta de la evidencia.

Pero no concluiré sin dar una pincelada sencilla sobre la verdadera causa de las enfermedades cardiovasculares que también he podido estudiar. Según parece, cuando las arterias se dañan y se inflaman, el colesterol de baja densidad (LDL) acude a reparar los daños. El LDL, según sabemos ahora, existe en dos variedades, una más grande y una más pequeña por hacerlo sencillo. Las moléculas más grandes son beneficiosas y tienen una serie de efectos positivos para la salud. El problema viene con las más pequeñas, que acuden a taponar las heridas en el interior de los vasos sanguíneos y, dado su tamaño, se acaban colando en la pared del vaso. Allí quedan atrapadas y se oxidan, dando lugar a la llegada de glóbulos blancos que acaban formando la placa junto con el calcio. Este es el motivo por el que las enfermedades cardiovasculares no tienen nada que ver con la cantidad de colesterol que hay en el cuerpo sino con el tipo de colesterol que hay, y no me refiero a la relación HDL/LDL, sino al tipo de LDL que tenemos. No creo que pase mucho tiempo hasta que veamos análisis con el LDL diferenciado según el tipo.

Pero, ¿qué es lo que causa los daños iniciales en los vasos que hace que sea necesario el LDL para efectuar reparaciones? Lo causantes son tres principalmente:

  1. Fumar
  2. Glucosa alta en sangre
  3. Estrés emocional

El motivo 1 y el 3 son claramente sociales, así que, avanzando un paso más, ¿qué es lo que eleva la glucosa en la sangre? Principalmente, el azúcar y los carbohidratos refinados, justo la base de la pirámide alimenticia.

¿Y qué alimentos producen las partículas pequeñas y densas de colesterol LDL de las que hablábamos hace un momento? Si, lo ha adivinado: el azúcar y los carbohidratos refinados.

[warning]En efecto, los científicos que testificaron hace 40 años en el comité McGovern que los culpables de la epidemia de enfermedades cardiovasculares y diabetes tipo 2 eran el azúcar y los carbohidratos refinados, estaban en lo cierto. Han tenido que pasar 40 años para que algunos empecemos a hacerles caso y además empezamos a ver estudios clínicos que avalan estas viejas ideas que fueron desechadas. Los políticos, expertos ellos, taparon la verdad en detrimento de nuestra salud.[/warning]

En el American Journal of Clinical Nutrition, un informe publicado recientemente afirma, por ejemplo, que entre las mujeres post-menopaúsicas, un consumo elevado de grasas saturadas está directamente asociado con una menor progresión de las enfermedades cardiovasculares mientras que la ingesta de carbohidratos está asociada con una mayor progresión de las mismas. En la misma publicación, se dice que “los esfuerzos dietéticos para reducir los riesgos de enfermedades cardiovasculares deben enfatizarse principalmente en la limitación de los carbohidratos refinados”.

En un estudio clínico publicado en “Annals of Internal Medicine” se concluye que el grupo que siguió una dieta alta en grasas y baja en carbohidratos mostró mayor reducción en la presión sanguínea, triglicéridos y colesterol pequeño y denso del tipo LDL, mientras que su colesterol HDL aumentó de media un 23%. Estudios en la universidad de Stanford apuntan en la misma dirección al comparar la dieta Atkins (rica en grasas) con la dieta Ornish (muy baja en grasa). Lo sorprendente de este estudio de Stanford es que el científico a cargo del mismo, John Emmerish, es vegetariano convencido desde hace años y, según dijo el mismo, le dolía inmensamente admitir estos resultados contrarios a sus propias creencias. Otro ejemplo de verdadera integridad científica que merece todos mis respetos contraria a las prácticas de Ancel Keys. En otras palabras, parece que la dieta que decían que nos estaba matando, en realidad es la que nos mantiene sanos.

Pirámide Nutricional

Pirámide Nutricional

Lo que el comité McGovern hizo en los Estados Unidos y replicó en buena parte del mundo al exportar la pirámide alimenticia fue reducir el consumo de proteínas, reducir considerablemente el consumo de grasas y aumentar disparatadamente el consumo de carbohidratos y esto, en definitiva, es lo que ha disparado los casos de obesidad y de diabetes en los países que siguen ese modelo nutricional, España entre ellos.

Y si la grasa no es el causante de esta epidemia de obesidad y diabetes, ¿Cuál es la causa? La respuesta médica oficial es que nos hemos vuelto una sociedad vaga, que come mucho y hace poco ejercicio. Vamos, que según parece, nuestro carácter ha cambiado en los últimos 40 años. De modo que según los médicos que promulgan este dogma engordamos porque somos vagos, comemos mucho y hacemos poco ejercicio. Pero esto es tan estúpido como decir que los alcohólicos son alcohólicos porque beben mucho. Lo correcto sería investigar la raíz del problema, por qué beben tanto o, en el caso de la obesidad, por qué comemos tanto.

En realidad, hay procesos bioquímicos, y no sociales, detrás de esta epidemia. Durante años nos han convencido de las teorías de las calorías y de que todo tiene que ver con las calorías que entran y las que salen del cuerpo. Nos han dicho que 3.500 calorías equivalen, someramente, a medio kilo de grasa, por lo que al producir un déficit de 3.500 calorías mediante ingestas limitadas de alimentos y ejercicio en exceso, perderíamos medio kilo. Esto es, simplemente, ridículo. Esta teoría no se sostiene en el papel y tampoco se ha sostenido en estudios clínicos. Por ejemplo, la Women’s Health Initiative, involucrando a miles de mujeres, redujo la ingesta diaria de calorías en 360 Kcal/día, principalmente provenientes de la grasa, durante 8 años, con una pérdida de peso media de 1 Kg en el período. ¡Ridículo para un esfuerzo de 8 años!

En el otro extremo de los estudios, James Levine creó en una cárcel norteamericana un grupo con prisioneros que estaban en forma y les sobrealimentó durante cerca de un año con miles y miles de calorías, y no se consiguió que ganasen el peso que la ecuación preveía. De hecho, uno de los prisioneros consumió 10.000 calorías al día durante 200 días y tan sólo pudo coger cuatro kilos en el período.

En estudios que limitan la ingesta de calorías en ratones, al restringirles un 5% las calorías durante 4 semanas, los ratones crearon más tejido adiposo y perdieron masa muscular. Obviamente, existe algo más complejo en la obesidad y el metabolismo del cuerpo que la suma y resta de calorías.

Sabemos desde 1930, por los estudios Alemanes y Austriacos, que la grasa corporal es una parte esencial del metabolismo y que su cantidad viene determinada por hormonas, la más importante de ellas la insulina. ¿Porqué? Porque la insulina controla la cantidad de azúcar en sangre y las altas concentraciones de azúcar en sangre son tóxicas para el organismo. Por otro lado, el cerebro necesita azúcar en sangre para funcionar y una cantidad muy baja de azúcar puede causar el coma e incluso la muerte. Por ello, el metabolismo está diseñado para mantener el nivel de azúcar en sangre dentro de un margen muy estrecho, y lo hace de manera eficiente con la insulina. Es importante entender que el organismo puede convertir el azúcar en energía, pero también puede convertir la grasa en energía e incluso en condiciones muy extremas, las proteínas en energía. De hecho, cuando nos levantamos por las mañanas después del ayuno prolongado de la noche de 8, 9 o incluso 10 horas, nuestro cuerpo está usando en muchos casos grasa como energía a través de un proceso llamado Cetosis.

Cuando comemos, aumenta el nivel de azúcar en sangre y el organismo segrega insulina. Se produce un cambio y pasamos de utilizar grasa a usar azúcar como combustible principal. En efecto, la insulina produce que las células utilicen el azúcar como combustible al tiempo que hace que el tejido adiposo capture la grasa del torrente sanguíneo para que esta no esté disponible para el resto de las células del cuerpo y asegurarse que las células usan azúcar como combustible. Pero si la cantidad de azúcar en sangre es demasiado alta para las necesidades energéticas del cuerpo, el azúcar pasa al hígado donde se convierte en grasa para almacenarse en el tejido adiposo como reserva de combustible. Esto es debido a que podemos almacenar grasa en el tejido adiposo pero no podemos almacenar azúcar.

Cuando el nivel de azúcar en sangre baja porque se ha utilizado como combustible, baja también el nivel de insulina y por tanto la grasa vuelve al torrente sanguíneo para ser usada como combustible hasta que vuelva a subir el nivel de azúcar en sangre, con otra comida. Por lo tanto, el tejido adiposo es el tanque de combustible donde se almacenan las reservas de energía del cuerpo. Como se puede apreciar, es un sistema magnífico y muy avanzado para asegurar un aporte energético constante a todas las células del cuerpo.

¿Cómo hemos llegado a romper un sistema tan avanzado y creado una epidemia de obesidad? Para entenderlo hay que empezar por entender que los carbohidratos no son más que moléculas de azúcar enlazadas entre ellas y que en cuanto entran en el cuerpo son literalmente separadas en moléculas de azúcar de una manera muy eficiente en algunos casos. El índice glucémico mide la velocidad a la que el cuerpo humano convierte alimentos en azúcar. Durante la mayor parte de nuestra evolución, el ser humano ha consumido alimentos con índices glucémicos entre 0 y 40, alimentos que tardábamos en convertir en azúcar. Veamos algunos ejemplos de lo que comemos hoy, mucho de lo cual forma parte de la maldita pirámide alimenticia:

  1. Azúcar de mesa: I.G. 64
  2. Coca Cola: I.G. 63 (viene a ser como beber azúcar)
  3. Cereales: I.G. 61
  4. Copos de trigo: I.G. 67
  5. Pan: I.G. 70
  6. Patata Asada: I.G. 80

[warning]Salvo que sea usted diabético, su nivel de azúcar en sangre en cualquier momento del día es equivalente a una cucharadita y media en total. Si sigue usted la pirámide alimenticia y toma 400 gramos de carbohidratos, estos se metabolizan en el equivalente a unas 2 tazas de azúcar. ¿Tiene sentido? Claro que no. Al ingerir esta cantidad de azúcar el cuerpo tiene que generar una cantidad inmensa de insulina porque, recordemos, los niveles elevados de azúcar en sangre son tóxicos.[/warning]

Cuanta más azúcar ponemos en el flujo sanguíneo, más forzamos la secreción de insulina, comida tras comida, y, eventualmente, las células del cuerpo y los órganos empiezan a acostumbrarse a la presencia continua de grandes cantidades de insulina y acaban desarrollando una resistencia a la misma. Al mismo tiempo que la insulina está forzando a las células a tomar azúcar como alimento, está forzando la grasa dentro del tejido adiposo, por lo que a más insulina, más azúcar que se metaboliza en grasa y más grasa que se almacena en el tejido adiposo. Y, cuanta más insulina haya en la sangre, más difícil es que la grasa vuelva a abandonar el tejido adiposo para volver al torrente sanguíneo y ser usada como combustible, por lo que incluso cuando no comemos, la grasa se mantiene donde está debido a la constante presencia de insulina en sangre.

Como colofón a este pastel metabólico, cuando la cantidad de azúcar en sangre disminuye y la cantidad de insulina no permite que la grasa abandone el tejido adiposo, las células del cuerpo tienen un déficit energético, lo que nuestro cerebro interpreta como “necesito comer” y, voilá, otra vez tenemos hambre aunque tengamos reservas suficientes de grasa almacenada. Por lo tanto, volvemos a comer, volvemos a disparar el azúcar en sangre, a segregar más insulina y, en definitiva, a almacenar más grasa. De modo que no sepa usted que no engorda porque comas más, sino que come más porque engorda, que no es lo mismo. Desde un punto de vista meramente bioquímico, los obesos no comen mucho, comen lo que necesitan como energía porque la grasa de su tejido adiposo no se libera de vuelta al torrente sanguíneo. Y como el cuerpo es sabio, incluso cuando algo no funciona, al comprobar que la grasa no fluye al riego desde las células adiposas, estas se hacen más grandes para favorecer que la grasa salga de ellas cuando se produce la resistencia a la insulina en el metabolismo. Por lo tanto, acaban almacenando aún más grasa en las mismas células.

Ratón Engordado con Insulina

Ratón Engordado con Insulina

La siguiente pregunta que cabría hacerse es ¿Cómo de potente es este síndrome de resistencia a la insulina? Pues este síndrome metabólico, antesala de la diabetes tipo 2, es tan potente que en ensayos en laboratorio se han obtenido resultados asombrosos. Por ejemplo, al inyectar insulina a ratones de laboratorio de manera continua se ha conseguido que engorden hasta proporciones comparables a la obesidad mórbida humana. Se ha seguido inyectándoles insulina al tiempo que se ha ido reduciendo la comida que se ponía a su disposición y, pese a tener grasa acumulada en cantidad, los ratones han acabado muertos, literalmente, de hambre sin quemar nada de grasa.

Por eso, cuando los obesos, que habitualmente ya tienen una resistencia severa a la insulina, se embarcan en dietas bajas en grasas y ricas en hidratos de carbono, no logran perder peso y, al contrario, incluso lo ganan, a lo que sus dietistas replican que la culpa es suya por ser vagos y hacer poco ejercicio. Si fuera por estos dietistas, los obesos morirían del mismo modo que los ratones, de inanición.

La diabetes tipo 2 que se produce como continuación al desarrollo de la resistencia a la insulina, solía ser llamada la diabetes de la edad, porque se daba en personas mayores que habían agotado sus células pancreáticas de tanto producir insulina. Sin embargo, hemos pasado a denominarla diabetes tipo 2 porque ahora afecta también a jóvenes e incluso adolescentes. Esto, como cualquiera puede deducir, no es fruto de que sean vagos, no hagan ejercicio o coman demasiado. Tiene que ver con la pirámide alimenticia y la descomunal ingesta de carbohidratos, en particular de azúcar y harinas refinadas.

Veamos algunos datos clarificadores. En los Estados Unidos, en la última década, los casos de diabetes tipo 2 se han duplicado y aproximadamente el 25% de la población mayor de 60 años la sufre. Se cree que más del 40% de la población Norteamericana sufre o sufrirá diabetes. Esto le ocurre a una población que consume aproximadamente el 55% de sus calorías de los carbohidratos, el 33% de la grasa y el 12% proveniente de las proteínas. ¿Alguien sigue teniendo alguna duda de la causa de esta epidemia? Lo que es paradójico es el mensaje que lanzamos a la población. Por ejemplo, la Asociación Americana de la Diabetes tiene publicados estos “consejos” nutricionales:

  • El sistema digestivo convierte los carbohidratos en azúcar de manera rápida y sencilla.
  • Los carbohidratos son la comida que más influencia el nivel de glucosa en sangre.
  • Cuantos más carbohidratos comas, mayor será tu nivel de glucosa en sangre.
  • Cuanto mayor sea tu nivel de glucosa, más insulina necesitarás para que el azúcar llegue a las células.
  • La pirámide nutricional es la manera más sencilla para recordar las comidas más sanas.
  • En la base de la pirámide, están el pan, los cereales, el arroz y la pasta. Todos estos alimentos están compuestos por carbohidratos mayoritariamente.
  • Necesitas de 6 a 8 raciones de esos alimentos cada día.

¿Quién es responsable de formular semejante disparate? Francamente, no puedo entenderlo. Pero, lo que de ningún modo me entra en la cabeza es que los médicos, personas de ciencia todos ellos, sigan recomendando la pirámide alimenticia y culpando a las grasas de la epidemia de obesidad y diabetes que padecemos incluso después de demostrarse que el estudio de Ancel Keys es un caso de grotesca manipulación de los datos y el comité McGovern emitió unas conclusiones basadas principalmente en este estudio.  No alcanzo a comprender como, sabiendo todo lo que saben, no son capaces de ver con claridad donde está el problema y, al contrario, prefieren seguir predicando los dogmas a sabiendas de que no están basados en ciencia alguna… salvo que la burda manipulación matemática de los datos sea considerada ciencia.

Mesa Redonda sobre Alzheimer, carbohidratos y Aceite de Coco

En este video podemos escuchar a un panel de 5 médicos con los entrevistadores Gary Taubes y Robb Wolf debatir acerca de la resistencia a la insulina y los efectos dañinos de una dieta rica en carbohidratos para los enfermos de Alzheimer, y como el Aceite de Coco puede ser efectivo en el tratamiento del Alzheimer.

Los médicos en el video son:

1. Dr. James Greenwald, Director Médico de Specialty Health. El Dr. Greenwald es cirujano ortopédico y tiene más de 30 años de experiencia en el campo de la ortopedia. Desde el inicio de su carrera, se especializó en lesiones de rodilla, hombro, codo y politraumatismos. También ha trabajado como médico de los equipos de futbol americano y baseball de la Universidad de Nevada.

2. Dr. Gary Anderson, cardiólogo, miembro de la American Board of Lipidology. El Dr. Anderson ha trabajado como médico en asilos durante más de 35 años. En este video, debate el problema de la polifarmacia, que es el problema de administrar muchos fármacos en los asilos, como causa de la demencia.

3. Dr. Peer Attia, antiguo consultor de McKinsey & Company consultant, cirujano, ingeniero, profesor de cálculo y autor de numerosos estudios e investigaciones médicas.

4. Dr. Tara Dall, miembro de la American Board of Lipidology.

5. Dr. Malcolm D. Bacchus, neurólogo.

También aparecen:

6. Gary Taubes, periodista científico y autor de los best-sellers “Calorías buenas, calorías malas” y “Porqué engordamos”.

7. Robb Wolf, autor del best seller “The Paleo Solution”.

El Dr. Greenwald es el moderador del panel, así que no escuchamos muchas de sus opiniones respecto al los problemas de la insulina y una dieta rica en carbohidratos, o del Aceite de Coco, respectecto al Alzheimer. Pero dado que es el organizador y moderador de la discusión, está bastante clara su postura positiva en estos temas.

En el video se discuten brevemente los efectos positivos de la cetosis en problemas como el Alzheimer y la resistencia a la insulina. En especial, los médicos comentan los beneficios de inducir la cetosis con Aceite de Coco gracias a los triglicéridos de cadena media que componen este aceite en un 60% aproximadamente. La cetosis es un proceso metabólico del organismo que induce el catabolismo de las grasas a fin de obtener energía, generando en el proceso unos compuestos denominados cetonas o cuerpos cetónicos. La cetosis se produce al privar al organismo de la fuente de energía más habitual, los carbohidratos. El organismo puede obtener energía de los carbohidratos, de las grásas o incluso de las proteinas en caso de necesidad extrema. En el avance contra el Alzheimer, las cetonas parecen estar jugando un papel importante dado que se está catalogando la enfermedad de Alzheimer como la diabetes del cerebro. En este sentido, reducir la cantidad de hidratos de carbono en los enfermos y suplementar su dieta con grasas, en especial con Aceite de Coco, parece estar ofreciendo un resultado óptimo. En efecto, lo que la Dra. Newport propone en su libro “Alzheimer: ¿Y si hubiese una cura? La historia de las cetonas”, es que las células del cerebro aquejado de Alzheimer son incapaces de usar los carbohidratos para funcionar mientras que responden positivamente a las cetonas para alimentarse.

 

Si quiere una vida larga, evite el azúcar

Los productos finales de glicación avanzada (AGE por sus siglas en inglés) son un grupo complejo de productos formados cuando el azúcar reacciona con los aminoácidos. Estos productos se pueden formar indistintamente en los alimentos que consumimos o dentro de nuestro cuerpo.

Junto con la oxidación, los productos finales de glicación avanzada son uno de los mayores mecanismos moleculares que dañan nuestro cuerpo derivando en enfermedades, envejecimiento prematuro y, eventualmente, muerte.

Existe probada evidencia de que los AGEs pueden estar implicados en el desarrollo de enfermedades degenerativas asociadas a la edad, incluyendo pero no limitando a:

• Enfermedades cardiovasculares

• Alzheimer

• Diabetes

Una cantidad considerable de estudios han demostrado que restringir el consumo de AGEs resulta en un aumento de la esperanza de vida en modelos animales. De acuerdo con un artículo que resume los últimos estudios acerca de los AGEs:

“…los datos soportan que los AGEs endógenos están asociados con el declive de la funcionalidad de los órganos. Parece también que los AGEs alimenticios están relacionados igualmente.”

“…hasta la fecha la restricción en la ingesta de AGEs alimenticios y el ejercicio físico han probado reducir de manera sana los AGEs circulantes, implicando una reducción del estrés oxidativo y de los marcadores inflamatorios”.

Azúcar industrial refinada
Azúcar industrial refinada

Limitar el consumo de azúcar en la dieta es una de las claves para la longevidad porque de todas las moléculas capaces de infligir daños al cuerpo humano, las moléculas de azúcar son probablemente las más dañinas de todas. En particular, la fructosa es un potente agente pro-inflamatorio que crea AGEs y acelera el envejecimiento. También promueve el tipo de crecimiento peligroso de células adiposas alrededor de los órganos vitales que son la antesala de la diabetes y las enfermedades cardiovasculares. En un reciente estudio sobre la fructosa, 16 voluntarios en una dieta controlada que incluía grandes niveles de fructosa produjeron nuevas células adiposas alrededor de su corazón, su hígado y otros órganos del aparato digestivo en ¡tan sólo 10 semanas!

El azúcar en nuestra dieta

El azúcar

El azúcar (y la fructosa) también incrementa los niveles de insulina y leptina y reduce la sensibilidad receptora de estas dos hormonas vitales, lo que es otro factor importante en el envejecimiento prematuro y las enfermedades asociadas al envejecimiento como los problemas de corazón. Tenga en cuenta que aunque es natural que los niveles de azúcar en sangre aumenten ligeramente después de las comidas, no es natural ni sano que estos niveles aumenten considerablemente o se mantengan de ese modo durante un tiempo excesivo. Esto es precisamente lo que le ocurre a un ciudadano occidental medio que consume alrededor de un kilo de azúcar a la semana de promedio.Pero además, cuando añadimos a esta brutal ingesta de azúzar otros carbohidratos de baja calidad como el pan blanco, el azúcar refinada, la pasta, los dulces, las galletas y los caramelos, que se convierten todos ellos en azúcar en el cuerpo, no es difícil comprender porqué tantas personas tienen una salud tan delicada.Este tipo de dieta rica en hidratos de carbono es lo que está generando esta epidemia de obesidad que vivimos. No son las dietas ricas en grasas las que nos hacen gordos, sino las dietas ricas en azúcar/carbohidratos.

La fructosa afecta negativamente al organismo de diversas maneras, pero uno de los mecanismos que produce daños significativos es la glicación. Como ya hemos mencionado, la glicación es el mecanismo mediante el cual el azúcar se enlaza a las proteinas para crear Productos Finales de Glicación Avanzada o AGEs. Este proceso crea inflamación que puede activar el sistema inmunológico.

Para limitar estos daños, es recomendable no ingerir más de 15 gramos de fructosa al día, particularmente si se tienen niveles altos de ácido úrico.

Cantidad de Azúcar en los refrescos

Cantidad de Azúcar en los refrescos

Cualquier persona que insista que el azúcar es azúcar se ha quedado anticuada. De hecho, existen grandes diferencias en la forma en que el cuerpo procesa distintos tipos de azúcar y es importante entender que cuando se consume fructosa el cuerpo almacena kilos a un ritmo mucho más alto, por ejemplo, que cuando se consume glucosa. Sirva como ejemplo que cuando se consume 120 calorías de glucosa, menos de 1 caloría se almacena como grasa. Cuando se consumen 120 calorías de fructosa, cerca de 40 calorías se almacenan como grasa. La fructosa, por lo tanto, se convierte principalmente en grasa almacenada en nuestro cuerpo. Existen otras muchas diferencias entre la glucosa y la fructosa, pero las trataremos más en detalle en un artículo próximamente.Pero resulta que el azúcar es altamente adictiva, de modo que reducir su consumo es especialmente complicado si se está acostumbrado a ingerir grandes dosis diarias. En efecto, se produce un síndrome de abstinencia que se manifiesta de diversas maneras. Incluso personas que no son conscientes de ello tienen una gran adicción al azúcar. Una lata de refresco de cola contiene, aproximadamente, 3 cucharadas soperas de azúcar. Hay personas que se toman 5 o 6 latas al día. No es difícil hacer la cuenta del azúcar que ingieren sólo por esta vía.

Para reducir el consumo de azúcar y mantener el dulzor en la cocina se pueden utilizar diferentes productos como por ejemplo el Aceite de Coco extra virgen. De este modo, estaremos contribuyendo activamente a mejorar nuestra salud y a prolongar nuestra vida.